lunes, 11 de mayo de 2015

Hay una cosa en la que la mayoría estamos de acuerdo, hayamos votado lo que hayamos votado, y es que nos gustaría una sociedad donde todo el mundo viviese razonablemente bien, sin grandes diferencias. Pues vamos en contra dirección. Los de arriba mejoran porque los de abajo empeoramos. Las veinte familias más ricas de España suman igual  que el veinte por ciento más pobre, que nueve millones de personas.

Espanya és el país més desigual d’Europa, darrere Letònia, i Catalunya juga la Champions de desigualtat espanyola, darrere Melilla y Madrid. L’augment de la desigualtat es deu en gran part als impostos.  Els salaris són només la meitat de la renda nacional, però els treballadors paguem el 80% dels impostos. Mentre el salari mig declarat són 19.000 euros, els empresaris i les professions liberals declaren menys de la meitat, poc més de 8.000 euros. En quant a les grans empreses els números són indignants. Les grans empreses acaben pagant només un 3,5% dels beneficis declarats. Desgraven gairebé el 90%.

Somos de los países con menos ingresos fiscales porque solo pagamos quienes cobramos nómina, o los pequeños empresarios. Se nota demasiado en las leyes quien tiene en la agenda del móvil el teléfono de los ministros o de los Consellers. Si cobra un millón de euros se ahorrará setenta mil y si cobra doce mil se ahorrará 90. Eso sí, con la nueva reforma  a quien cobre una indemnización por despido le tocará pagar.

El 78 % del frau fiscal és de les grans fortunes i de les grans empreses. És una llàstima que quan reclamem justament més diners per a Catalunya ens oblidem de l’escaqueig fiscal sistemàtic dels que més guanyen, dels que més tenen. Tenim unes lleis que faciliten que els rics ens robin. A les classes mitges, a les classes baixes i als pobres. Montoro es Robin Hood al revés.

lunes, 4 de mayo de 2015

Tener un hijo/a especial, que no se desarrolla como los demás, que tarda más en adquirir el lenguaje, que es diferente y distinto, cambia la vida de los padres. Cuando la vida no es como la esperábamos, se nos llena de preguntas que  nunca pensamos tener que hacernos, por qué a mí, por qué a él, por qué a ella, por qué no es como los demás. Preguntas para las que nadie tiene respuestas.

La presentació a la nostra biblioteca de dos llibres sobre nens especials, autistes en un cas, del síndrome X fràgil en l’altre, va ser, al menys per a mi, com treure el cap per una finestra amb vistes a un paisatge ignorat. En els dos casos en el públic hi havia més dones que homes,  més mares que pares, perquè a l’hora de la veritat, al menys fins ara, la maternitat és més inclusiva que la paternitat.  L’ofici de ser mare, en la riquesa i en la pobresa, en la salut i en la malaltia, fa sentir molt endins la vida dels fills. L’ofici de ser pare, un cop perduda l’al·lèrgia a canviar bolquers, encara té massa assignatures per aprovar.

En la biblioteca hablaron las madres,  y las maestras que conviven con los niños especiales, y los psicoterapeutas que intentan comprender y aprender antes que enseñar. Compartí la preocupación ante el hijo especial en la complicada puerta de la adolescencia, pero sobretodo recibí una lección de humildad.  Ante la realidad de los niños autistas, del síndrome X,  sentí  que una vieja y sabia frase era más cierta que nunca: solo sé que no sé nada.

Ens cal aprendre que el món no comença ni acaba quan obrim la porta de casa, que la nostra realitat és la nostra i no la de tothom. Les persones especials amaguen un nou món ric d’experiències, de patiment i d’esperança, i t’adones de les dimensions de la teva ignorància, com a  polític i com a persona.

lunes, 20 de abril de 2015

Me gusta el día de Sant Jordi, un día como otro pero distinto. Cuando yo era pequeño, en los lejanos años cincuenta, la gente trabajadora aspiraba como máximo a que sus hijos aprendieran las cuatro reglas y a leer y a escribir. De niño yo era el encargado de escribir cartas a mi abuela que ella nunca pudo leer, si no era por boca de la vecina de la casa de enfrente. Veníamos de un pasado en el que   la normalidad de la gente humilde era ser analfabeta y contar con los dedos. Un pasado que aún es presente,  puesto que  hoy en día todavía hay gente que firma mojando el pulgar en un tampón.


Durante un tiempo pareció que la lectura podía cambiar el mundo, poner luz en la triste oscuridad de la ignorancia y hacernos más iguales. Los libros eran un arma cargada de futuro, esperando a ser desenfundada cuando la humanidad aprendiese a leer. En los libros, y no es una frase para hacer bonito este artículo, está la sabiduría del mundo. El problema es que nos falta tiempo y ganas para leer, para adaptarnos al silencio y al ritmo lento de las palabras escritas, en un mundo en el que queremos que todo tenga velocidad de Fórmula 1 y potencia de voz en grito de Sálvame o tertulia futbolera. Lo que ganamos en información lo perdemos en conocimiento. Cada vez utilizamos menos palabras para hablar y escribir. No es una enfermedad incurable. Se cura leyendo. Sant Jordi nos recuerda que saber leer no es suficiente. Tenemos que sacarle provecho. Con un libro. Mejor más.