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lunes, 14 de mayo de 2012

Escuchando radios y teles desde Viladecans, una ciudad que no llega a los setenta mil habitantes, sobre la posible instalación sorpresa del macroproyecto Las Vegas,  desde la modesta responsabilidad municipal de Medio Ambiente,  preocupado por los efectos de la helada en la alcachofa, por los impactos en la plana del Delta del crecimiento de la ciudad aeroportuaria, por el fracasado intento de  conseguir que la Generalitat aumente los 189.000 euros que dedica a la zona natural,  queda uno abrumado ante la lluvia de miles de millones de euros, de cientos de miles de teóricos puestos de trabajo, que convierte la  tarea cotidiana en insignificante y aparentemente inútil.

Incluso suena a extemporáneo e ingenuo el discurso sobre los valores y el territorio. Somos capaces de enfrascarnos en una polémica sobre los valores del Barça incompatibles con llevar el nombre de una casa de apuestas  en una camiseta como el Real Madrid, pero ofrecemos  nuestro territorio nacional con armas y bagajes con la discutible aspiración de tener una isla-Estado que sea  la capital de Europa del juego y las apuestas.  Es cierto que no hay proyecto, y por lo tanto es imposible debatir sobre lo concreto, pero en ese concurso de ideas para generar proyectos inmobiliarios en zonas naturales con protección europea en que se han convertido las páginas de alguno de nuestros diarios,  no hay sitio para el razonamiento, el debate territorial y las leyes que nos hemos dado entre todos.

En contraste con la serenidad, no exenta de un sorprendido y escaldado escepticismo, de los alcaldes afectados, la escenificación de la visita del millonario americano ha sido lamentable, de película en blanco y negro, de épocas de gasógeno, carburo y sabañones.  Sin embargo, peor ha sido la recepción de la Catalunya mediática, sin la excusa de la Generalitat de estar acuciada por las urgencias históricas de las cuentas públicas. La histeria de la voz y la imagen ha invadido las tertulias de las radios y las televisiones y deja un poso preocupante sobre la fragilidad de nuestra entidad como país.

La ordenación urbanística, el equilibrio medio ambiental que podría pensarse que forma parte de nuestros valores comunes como ciudadanos, es una débil costra que desaparece no ya ante el poder del dinero, sino ante el poder de alguien que simplemente agita un talonario.  Hemos demostrado que somos un país pequeño, sin serenidad de Estado, gobernado por la necesidad de dinero rápido a cualquier precio, superando en voracidad desarrollista a la Comunidad de Madrid de la denostada Esperanza Aguirre, intentando imitar el modelo faraónico de eldorados como Marinas d’Or y Terras Míticas que hoy son realidades de deudas y ruinas.

Parecía haber acuerdo en que no era un buen modelo una burbuja inmobiliaria que había creado millones de puestos de trabajo,  de pan para hoy y hambre para mañana, pero ante la mera posibilidad de una  gigantesca operación inmobiliaria que quiere bendecir Viladecans nos volvemos acríticos. El argumento central es preocupante. Estamos  ahora tan mal que vale todo, y por dinero estamos dispuestos a dejarnos hacer casi todo y a tropezar cien veces con la misma piedra, sea la del Pocero o la de Mister Sheldon.  




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